Pequeñeces
8:07 AM
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Comienza a hartarme la serie de peroratas a favor y en contra de la reciente designación de Virgilio Muñoz como Director General del Centro Cultural Tijuana. En primera instancia porque no hay cosa que aborrezca más que ver a mis amigos enfrentados en dos bandos, pero también por la tibieza de los argumentos que se han presentado por partes iguales. Lo primero es pecata minuta, puesto que quienes me conocen saben perfectamente que suelo preferir tomar una postura contraria a la de todos con tal de no tomar partido (eso de ir con la cargada definitivamente no va conmigo); pero es justo lo segundo lo que me ha estado cosquilleando desde hace unas semanas. Tampoco soporto la tibieza.
Siempre he descreído de los abajo firmantes porque las largas listas de nombres por lo general suelen restarle importancia al contenido de cartas y desplegados. Por otro lado, me parece que esperar con ansias una respuesta institucional es de lo más infantil. Para quienes esperan la remoción inmediata de Virgilio Muñoz de su cargo, siento comunicarles que se trata de un escenario altamente improbable; primero porque no es un puesto de elección popular ni un concurso de simpatías, pero también porque se trata de una decisión ya tomada. Y no, no estoy apelando con esto a una suerte de criterio impositivo. La razón es bastante simple: nadie quiere que un gobierno se desdiga o ceda ante presiones gremiales.
Para quienes se conforman con una mera respuesta institucional o acuse por parte del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, me permito decirles que en el mejor de los casos podrán esperar algo parecido a lo siguiente: “Estimado(a) fulano(a): Por este conducto me es muy grato responder a su carta dirigida a la presidencia del Consejo el día tal, con motivo de la designación del maestro Virgilio Muñoz como Director General del Centro Cultural Tijuana. En este sentido, le informo que apreciamos su legítimo interés por el desarrollo cultural de la región noroeste del país, y estamos convencidos de que el maestro Muñoz sabrá conciliar los distintos intereses que concurren en esa importante zona fronteriza. Sin otro particular por el momento, hago propicia la ocasión para enviarle un saludo cordial...”
Debo admitir que en muchos sentidos la sola idea de la protesta me parece torpe. Los cargos públicos no se designan a mano alzada, eso es algo que muchos de mis amigos deberían entender, y es que si hay una cosa que ha dañado especialmente a este país son las concesiones gremiales. Sin embargo, entiendo del todo el descontento y en gran medida lo comparto.
Desde su fundación el Cecut funcionó como el reducto último del priísmo bajacaliforniano, operaba en términos políticos como una especie de delegación federal que servía para acomodar a los funcionarios que no habían hallado un mejor nicho donde guarecerse. Se trataba de una institución con un claro desdén por la cultura local, así como con un énfasis más turístico que desarrollista. Eran, en efecto, otros tiempos, y la falta de una presencia institucional real fomentó el surgimiento de infinidad de proyectos culturales independientes que vendrían a tener su mayor auge durante los años noventa.
Fue en ese contexto que Virgilio Muñoz tomó las riendas del recién inaugurado Diario 29, extensión de El Nacional en Baja California. El periódico fue un hito dentro de la cultura del estado; al incluir las mejores plumas del país y la región, una apabullante cantidad de suplementos y una política editorial por demás incluyente; Diario 29 funcionó como un espacio de diálogo entre generaciones, ideologías y proyectos culturales diversos. Justamente los artistas de mi generación encontramos en ese medio el vehículo idóneo para la promoción de nuestro trabajo, y es que en Diario 29 se hablaba lo mismo de fanzines y tocadas que de misiones jesuitas y templos mormones recién inaugurados, de obras de teatro independiente que de los actos de censura de los primeros alcaldes panistas del estado. Si alguien apoyó por aquellos años el cúmulo de pequeñeces producidas a raiz de la abulia del Cecut y el pasmo de las gestiones culturales de los primeros gobiernos panistas, fue precisamente Virgilio Muñoz.
Pero el tiempo para los políticos, medido siempre en sexenios, desgraciadamente suele prescindir de todo sentido de continuidad, y se reduce por lo regular a una serie de pequeñas efemérides congeladas en las ilustraciones de los libros de texto. Volví a toparme con Virgilio años después en la toma de posesión de don Héctor Terán en Mexicali, convertido ahora en el polémico Secretario de Educación (a la mayoría de los panistas de línea dura su nombre y apellido suelen producirles fiebre escarlatina), Muñoz integró a su equipo a las figuras emblemáticas de su gestión al frente de Diario 29 (Manuel Acuña Borbolla, Mario Ortiz Villacorta, Francisco Bernal) con resultados desastrosos.
El mismo hombre que a principios de los noventa condujo el proyecto editorial más importante en la historia del estado, era ahora cabeza de sector de la peor política cultural que los bajacalifornianos hubiéramos podido imaginar. Mientras tanto, en el ámbito federal las cosas habían comenzado a cambiar; en parte por la presión de la comunidad artística de Tijuana, pero especialmente por cambios sustanciales en la política cultural a nivel federal, el Cecut se abrió paulatinamente a lo local durante las gestiones de Alfredo Álvarez y José Luis Arroyo.
Y es que durante los últimos diez años, el Centro Cultural Tijuana comenzó a cosechar los frutos del desdén y la mala administración; es decir, comenzó a capitalizar el prestigio y la internacionalización que habían alcanzado aquellos pequeños proyectos independientes que tanto apoyó Virgilio Muñoz desde Diario 29. Cuando a principios de la presente década la revista Newsweek puso a Tijuana en su ranking de ciudades ricas en capital cultural, se refería precisamente a los proyectos artísticos y al corpus crítico generado por toda una generación de artistas y académicos surgidos al margen de la nulidad institucional.
En este sentido me molesta que haya quien se refiera al Cecut en años recientes como coto de poder de un grupo específico, cuando lo que atestiguamos no fue otra cosa que la consolidación de las carreras de los artistas más representativos de la ciudad a partir de su propia marginalidad.
Por otro lado me llaman la atención los comentarios de Heriberto Yépez y las declaraciones de Virgilio Muñoz. Provenientes ambos de la misma clase social, han manifestado en su discurso dos caras de la misma moneda: por un lado la cultura del esfuerzo y por el otro la meritocracia. Entiendo el afán auto reivindicativo de ambos, entiendo bien la obsesión de Yépez por disentir, y la de Muñoz por dejar claro que su relación con el subsector (que no sector) ha sido siempre cercana. Sin embargo, ¿no es demasiado pequeña una dirección general para alguien que ya tuvo a su cargo una secretaría?
Debo aclarar que siento un especial afecto por Virgilio, tanto por lo que significó Diario 29 para mi formación como por las deferencias que siempre ha tenido para conmigo. En él encontré siempre un apoyo decidido y una amistad sincera; cuando me dio por pintar fue el primero en comprarme dos cuadros muy feos que nunca me pagó; cuando hice mi servicio social dentro del programa Arcoíris de la Secretaría de Educación, trató de remunerarme aún a pesar de que la normatividad lo prohibía. Por todo ello le estaré siempre agradecido.
Estoy convencido de que la habilidad política de Virgilio Muñoz podría redundar en beneficios concretos para el Cecut, es en efecto un funcionario con amplia experiencia que conoce bien a bien la estructura del gobierno federal y que seguramente intentará conformar el mejor equipo de trabajo para sacar adelante a la institución durante lo que resta del sexenio. Sin embargo, también entiendo que su cercanía con el subsector es más bien tangencial, que su formación académica lo limita para comprender ciertos procesos, y que la cuestión administrativa puede ser su talón de aquiles.
Espero de buena fe que sepa utilizar su capital político para conciliar las demandas de sus detractores, que retome esa sensibilidad que tanto lo caracterizó a principios de los años noventa, y que pueda seguir capitalizando la creatividad que tanto asombró a los analistas de Newsweek.
De mis amigos, de aquellos que disienten o que ven el asunto con un dejo más bien oportunista, espero que sepan conciliar sus diferencias para seguir trabajando como la comunidad ejemplar de creadores y promotores que siempre han sido, pero sobre todo, espero que sepan ver esta circunstancia como una excelente oportunidad para volver a generar riqueza cultural desde la marginalidad.
Siempre he descreído de los abajo firmantes porque las largas listas de nombres por lo general suelen restarle importancia al contenido de cartas y desplegados. Por otro lado, me parece que esperar con ansias una respuesta institucional es de lo más infantil. Para quienes esperan la remoción inmediata de Virgilio Muñoz de su cargo, siento comunicarles que se trata de un escenario altamente improbable; primero porque no es un puesto de elección popular ni un concurso de simpatías, pero también porque se trata de una decisión ya tomada. Y no, no estoy apelando con esto a una suerte de criterio impositivo. La razón es bastante simple: nadie quiere que un gobierno se desdiga o ceda ante presiones gremiales.
Para quienes se conforman con una mera respuesta institucional o acuse por parte del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, me permito decirles que en el mejor de los casos podrán esperar algo parecido a lo siguiente: “Estimado(a) fulano(a): Por este conducto me es muy grato responder a su carta dirigida a la presidencia del Consejo el día tal, con motivo de la designación del maestro Virgilio Muñoz como Director General del Centro Cultural Tijuana. En este sentido, le informo que apreciamos su legítimo interés por el desarrollo cultural de la región noroeste del país, y estamos convencidos de que el maestro Muñoz sabrá conciliar los distintos intereses que concurren en esa importante zona fronteriza. Sin otro particular por el momento, hago propicia la ocasión para enviarle un saludo cordial...”
Debo admitir que en muchos sentidos la sola idea de la protesta me parece torpe. Los cargos públicos no se designan a mano alzada, eso es algo que muchos de mis amigos deberían entender, y es que si hay una cosa que ha dañado especialmente a este país son las concesiones gremiales. Sin embargo, entiendo del todo el descontento y en gran medida lo comparto.
Desde su fundación el Cecut funcionó como el reducto último del priísmo bajacaliforniano, operaba en términos políticos como una especie de delegación federal que servía para acomodar a los funcionarios que no habían hallado un mejor nicho donde guarecerse. Se trataba de una institución con un claro desdén por la cultura local, así como con un énfasis más turístico que desarrollista. Eran, en efecto, otros tiempos, y la falta de una presencia institucional real fomentó el surgimiento de infinidad de proyectos culturales independientes que vendrían a tener su mayor auge durante los años noventa.
Fue en ese contexto que Virgilio Muñoz tomó las riendas del recién inaugurado Diario 29, extensión de El Nacional en Baja California. El periódico fue un hito dentro de la cultura del estado; al incluir las mejores plumas del país y la región, una apabullante cantidad de suplementos y una política editorial por demás incluyente; Diario 29 funcionó como un espacio de diálogo entre generaciones, ideologías y proyectos culturales diversos. Justamente los artistas de mi generación encontramos en ese medio el vehículo idóneo para la promoción de nuestro trabajo, y es que en Diario 29 se hablaba lo mismo de fanzines y tocadas que de misiones jesuitas y templos mormones recién inaugurados, de obras de teatro independiente que de los actos de censura de los primeros alcaldes panistas del estado. Si alguien apoyó por aquellos años el cúmulo de pequeñeces producidas a raiz de la abulia del Cecut y el pasmo de las gestiones culturales de los primeros gobiernos panistas, fue precisamente Virgilio Muñoz.
Pero el tiempo para los políticos, medido siempre en sexenios, desgraciadamente suele prescindir de todo sentido de continuidad, y se reduce por lo regular a una serie de pequeñas efemérides congeladas en las ilustraciones de los libros de texto. Volví a toparme con Virgilio años después en la toma de posesión de don Héctor Terán en Mexicali, convertido ahora en el polémico Secretario de Educación (a la mayoría de los panistas de línea dura su nombre y apellido suelen producirles fiebre escarlatina), Muñoz integró a su equipo a las figuras emblemáticas de su gestión al frente de Diario 29 (Manuel Acuña Borbolla, Mario Ortiz Villacorta, Francisco Bernal) con resultados desastrosos.
El mismo hombre que a principios de los noventa condujo el proyecto editorial más importante en la historia del estado, era ahora cabeza de sector de la peor política cultural que los bajacalifornianos hubiéramos podido imaginar. Mientras tanto, en el ámbito federal las cosas habían comenzado a cambiar; en parte por la presión de la comunidad artística de Tijuana, pero especialmente por cambios sustanciales en la política cultural a nivel federal, el Cecut se abrió paulatinamente a lo local durante las gestiones de Alfredo Álvarez y José Luis Arroyo.
Y es que durante los últimos diez años, el Centro Cultural Tijuana comenzó a cosechar los frutos del desdén y la mala administración; es decir, comenzó a capitalizar el prestigio y la internacionalización que habían alcanzado aquellos pequeños proyectos independientes que tanto apoyó Virgilio Muñoz desde Diario 29. Cuando a principios de la presente década la revista Newsweek puso a Tijuana en su ranking de ciudades ricas en capital cultural, se refería precisamente a los proyectos artísticos y al corpus crítico generado por toda una generación de artistas y académicos surgidos al margen de la nulidad institucional.
En este sentido me molesta que haya quien se refiera al Cecut en años recientes como coto de poder de un grupo específico, cuando lo que atestiguamos no fue otra cosa que la consolidación de las carreras de los artistas más representativos de la ciudad a partir de su propia marginalidad.
Por otro lado me llaman la atención los comentarios de Heriberto Yépez y las declaraciones de Virgilio Muñoz. Provenientes ambos de la misma clase social, han manifestado en su discurso dos caras de la misma moneda: por un lado la cultura del esfuerzo y por el otro la meritocracia. Entiendo el afán auto reivindicativo de ambos, entiendo bien la obsesión de Yépez por disentir, y la de Muñoz por dejar claro que su relación con el subsector (que no sector) ha sido siempre cercana. Sin embargo, ¿no es demasiado pequeña una dirección general para alguien que ya tuvo a su cargo una secretaría?
Debo aclarar que siento un especial afecto por Virgilio, tanto por lo que significó Diario 29 para mi formación como por las deferencias que siempre ha tenido para conmigo. En él encontré siempre un apoyo decidido y una amistad sincera; cuando me dio por pintar fue el primero en comprarme dos cuadros muy feos que nunca me pagó; cuando hice mi servicio social dentro del programa Arcoíris de la Secretaría de Educación, trató de remunerarme aún a pesar de que la normatividad lo prohibía. Por todo ello le estaré siempre agradecido.
Estoy convencido de que la habilidad política de Virgilio Muñoz podría redundar en beneficios concretos para el Cecut, es en efecto un funcionario con amplia experiencia que conoce bien a bien la estructura del gobierno federal y que seguramente intentará conformar el mejor equipo de trabajo para sacar adelante a la institución durante lo que resta del sexenio. Sin embargo, también entiendo que su cercanía con el subsector es más bien tangencial, que su formación académica lo limita para comprender ciertos procesos, y que la cuestión administrativa puede ser su talón de aquiles.
Espero de buena fe que sepa utilizar su capital político para conciliar las demandas de sus detractores, que retome esa sensibilidad que tanto lo caracterizó a principios de los años noventa, y que pueda seguir capitalizando la creatividad que tanto asombró a los analistas de Newsweek.
De mis amigos, de aquellos que disienten o que ven el asunto con un dejo más bien oportunista, espero que sepan conciliar sus diferencias para seguir trabajando como la comunidad ejemplar de creadores y promotores que siempre han sido, pero sobre todo, espero que sepan ver esta circunstancia como una excelente oportunidad para volver a generar riqueza cultural desde la marginalidad.
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